lunes, 5 de octubre de 2009

A falta de costumbre


Cuando apareció el amiguito, rabié.
Tardé un tiempo, pero me acostumbré.
Entonces vino su acompañante. Pateleé.
Pero, ¡qué le vamos a hacer!, y continué.

Hace dos meses,
cuando vino el resto,
ya daba por supuesto
que esto se acabó.

Y lejos de terminarse,
hoy, en unas horas, en un instante,
he vuelto a entender
que de nuevo hay que acostumbrarse.

Me acostumbraré a tardar siempre una eternidad ,
para que me esperen con ilusión y me abracen al llegar.
Me acostumbraré a no enfadarme, ni hablar mal, para que me sigan queriendo igual.
Me acostumbraré a esforzarme mucho, a conseguir algo espectacular,
para que celebren con emoción mi gran logro personal.
Ya, las pequeñeces, han pasado a un segundo lugar.
Me acostumbraré a tener dos cuentas.
Y de una sacaré dinero sin mirar,
¿o con esta cara de asco nos vamos a quedar?
Me acostumbraré a exagerar mis dolores,
para que nadie dude
que en ningún caso debo ir a trabajar.
Me acostumbraré a ser yo misma
y a quererme como tal.
Y a mis hermanos por igual.

Ay, madre...
¿me acostumbraré?
¿me acostumbraré?
...me va a costar.

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